Mis fábulas y demás

Cuentos inolvidables 

El gran árbol 

Esta historia comienza hace muchos, muchos años, cuando una pequeña semilla alada se desprendió de una piña suspendida en una rama y, tras revolotear unos instantes por el aire, planeó hasta el centro de un gran claro.
Era una mañana de finales de primavera, de las altas cumbres llegaba aún el olor frío de la nieve y los riachuelos bajaban hasta el valle crecidos por las aguas del deshielo.
Al alba, los pájaros cantaban como una única y extraordinaria orquesta. Petirrojos, verderones, pinzones, jilgueros y pinzones reales se disputaban el papel de solista.
Pronto el aire se llenaría de insectos, había llegado el momento, pues, de buscar una compañera y de establecer los límites de lo que sería el pequeño reino de la familia.
Durante el día, vuelos frenéticos cruzaban los prados. Las parejas más jóvenes dudaban entre las hojas y los líquenes: ¿iría bien esa ramita, sería bastante larga? ¿Y si utilizáramos también aquel hilo de lana y esas crines enredadas en el zarzal? Crear un hogar por primera vez era siempre motivo de gran ansiedad. ¿Tendrán suficiente abrigo los huevos aquí? Y los pequeños, al crecer, ¿no estarán demasiado apretados? ¿Y si nacieran más de los previstos? Las parejas con experiencia sentían ternura ante tantos temores.
—No tengáis miedo —les decían, mientras entrelazaban con habilidad el musgo con las ramitas secas—. ¡Tened confianza! Todo está ya en vuestro corazón.
Pasada una semana no había rama, fronda o matorral en el bosque que no ocultara la pequeña y acogedora esfera de un nido.
Algunos eran redondos y minúsculos, suave musgo por fuera y mullida lana por dentro.
Otros, más grandes, trenzados sólo con ramitas.
Otros —una maraña de líquenes, hojas secas y tallos— colgaban de los árboles como los calcetines para los regalos en Navidad.
Cada uno había sido proyectado y construido según las necesidades de las futuras crías, con bordes altos y sólidos para mantener el calor durante las noches todavía frías y resistir a la audacia de los polluelos más aguerridos, protegiéndolos, al mismo tiempo, de la vista de los predadores.
Un buen día, en el bosque, a la frenética actividad de la obra le siguió el tierno silencio de la incubación.
Mientras los machos buscaban comida para sus hembras se sucedieron unos días de fuertes lluvias.
La lluvia azotó los árboles y los prados, empapó los troncos y alimentó el suelo, y las semillas, en paciente espera en la tierra, empezaron a hincharse. Después de la lluvia volvió el sol, y la cutícula —que las envolvía como un vestido demasiado estrecho— se rompió.
También se abrió la pequeña semilla alada, anclándose con su minúscula raíz en la tierra y lanzando una tierna plumilla hacia lo alto, en busca de la luz.
En el bosque empezaron los nacimientos.

Fragmento extraído del libro EL GRAN ÁRBOL de Susanna Tamaro
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