Mis fábulas y demás

Libros infantiles 

La microguerra de todos los tiempos 

Argumento:

En el pueblo de Gombronia, donde todos son siempre puntuales, ha ocurrido un suceso extraordinario: se ha estropeado el reloj que construyó en su día el famoso relojero italiano Somato Frantantoni. Solo los niños más especiales de Gombronia serán capaces de arreglarlo: Manuel, un chico inquieto al que le encanta ir corriendo a todas partes, y Mara, que piensa en el infinito y sueña con ser una gran estrella del rock. Para lograrlo tendrán que viajar al corazón del reloj o, lo que es lo mismo, al corazón del tiempo, donde se ha declarado la guerra entre los ejércitos de presente, pasado y futuro.

Fragmento: El reloj de Gombronia


A la gente del pueblo de Gombronia le gustaba tanto el tiempo que habían puesto en la entrada un cartel muy grande que decía:
EL TIEMPO ES ORO
Firmado: GOMBRONIA
Y lo creían de verdad. Los gombronianos solo hacían las cosas a su hora: almorzaban a su hora, cenaban a su hora y se iban a la cama a su hora para dormir ocho horas exactas con cero-cero segundos. Había cientos de miles de relojes en la ciudad: relojes digitales, en las cocinas, relojes de arena, relojes con cronómetro y relojes que se podían meter debajo del agua sin estropearse, relojes para niños pequeños y con las agujas muy grandes para que las pudiesen ver los abuelos que casi no ven, relojes pequeñísimos como una uña y relojes muy caros para regalos de boda, hechos de oro y plata y diamantes que ponían «Te quiero» en las agujas. Había tantos relojes en Gombronia que, cuando todo el mundo estaba callado por la noche, podían oírse los cientos de miles de tictacs como si fuesen grillos mecánicos, y a todo el mundo le encantaba ese sonido porque era el sonido de su pueblo. Igual que hay pueblos que tienen sonido a agua o sonido a viento, el pueblo de Gombronia tenía sonido a relojes.
Pero el reloj que más le gustaba a todo el mundo, el más exacto y el más grande de todos, era el reloj de la plaza en la que se reunían cada día a las doce en punto para escuchar las doce campanadas. Era un reloj tan viejo y tan grande que nadie se acordaba de cuántos años llevaba allí. Lo había construido un relojero muy famoso, Somato Frantantoni, que había desaparecido hace muchísimos años. Nadie sabía lo que había pasado con aquel relojero porque se esfumó el mismo día que terminó de construirlo, y, como nadie le pudo dar las gracias, le hicieron una escultura en la plaza. Era la escultura de un hombre muy joven que iba vestido con un sombrero de copa y tenía bigotes extraordinariamente grandes, con una punta para arriba y la otra para abajo, y un reloj en la mano. Debajo de la escultura había una inscripción que decía:
AL RELOJERO SOMATO FRANTANTONI, ITALIANO Y AMIGO QUE NOS HIZO ESTE RELOJ Y NO LE PUDIMOS DAR LAS GRACIAS.
El reloj de la plaza había visto crecer a los abuelos y a los abuelos de los abuelos. Era el segundo reloj más bonito del mundo, después de uno que había en Suiza, que es el país donde se hacen más relojes. Tenía forma de luna llena, con muchos adornos para cada número y dos puertecitas por las que salía un pequeño soldado cuando sonaban las horas en punto. El soldado gritaba la hora y salía tantas veces como horas daba. Tenía una voz muy graciosa, como cuando hablas debajo del agua. Salía marchando alegremente, se colocaba en el centro del reloj y gritaba:
—¡Las tres!
Y todos ponían rapidísimamente su reloj en la hora exacta que marcaba el reloj de la plaza, cosa que les daba muchísimo gusto a todos, y se iban a sus casas felices. Era increíble lo que les gustaba el tiempo a la gente de Gombronia. Cuando dos personas se encontraban por la calle y una decía:
—¡Cuánto tiempo hace que no te veía!
El otro contestaba:
—Tres semanas, dos días, cinco horas y cuarenta y cuatro segundos.
Y cuando dos personas se enamoraban y una le decía a otra:
—¿Me quieres mucho?
La otra le contestaba:
—A tu lado se me pasa el tiempo volando.
Y cuando una madre quería que su hijo fuese a comprar el pan y el niño no tenía ganas, la madre le decía:
—Te cronometro.
Y el niño salía corriendo a comprar el pan porque lo que más les gustaba a los niños de Gombronia era batir su propio récord.

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