Mis fábulas y demás

Cuentos inolvidables 

¿Volaba el pingüino? 

Cuentan que hace tiempo el pingüino era el pájaro que mejor volaba. ¡Sí! ¡Volaba! Tenía unas alas enormes que no solo le servían para planear de maravilla, sino también para hacer las pruebas más increíbles.
Cuando todos los animales tomaban sol en la playa, el pingüino sabía que era el momento de lucirse. Levantaba vuelo dando vueltas sobre sí mismo y después bajaba en picada con las alas bien plegadas.
Veía que todos los animales se agarraban la cabeza gritando por el temor de que se estrellara contra el hielo y, en el segundo preciso, desplegaba las alas y volvía a subir riendo a carcajadas.
—¡Ahhhhhhh! —suspiraban todos aliviados.
—Es el mejor volador que he visto —decía el más viejo de los elefantes marinos.
—El mejor, sin duda —comentaban las focas mientras el pingüino daba vueltas y vueltas en el cielo disfrutando sus piruetas.
Pero un día, justo cuando desplegó sus alas para volver a subir, el pingüino escuchó algo sobre el que mejor volaba… ¿El mejor volador? Tenía que saber si hablaban de él, así que repitió la pirueta y esta vez la forzó tanto que se raspó una pata contra el suelo al retomar el vuelo.
—Sí, hablan de mí —se dijo tranquilo, aunque un poco dolorido—. ¡Soy el mejor!
Desde ese día, se demoraba cada vez más en volver a subir solo por escuchar los comentarios sobre su manera de volar.
¡Le encantaba escuchar que era el mejor! Y tanto le gustaba que se lo creyó. Y de tan creído, empezó a mirar a los otros animales con desprecio.
—¡Qué vida aburrida la del elefante marino... vivir tirado sobre las piedras!
—¡Qué torpe se mueve la foca!
—¿Y los peces? ¡Qué vida triste todo el día en el agua con esas ridículas aletas! —comentaba el pingüino sin pensar que sus palabras dolían en las orejas de los otros animales.
El dios del cielo, al que no le gustaban los engreídos, se cansó de escuchar las críticas del pingüino y decidió hacer algo.
Al día siguiente, el pingüino se despertó raro. Caminó tres pasos y se sintió torpe. Miró sus alas y descubrió espantado que ahora eran cortas y que se parecían a las aletas de los peces.
Muy avergonzado, caminó hasta el mar y se zambulló.
Ahora el pingüino ya no vuela, pero no está triste por eso. Nada haciendo las mismas piruetas que hacía en el aire y además…
¡Además... descubrió que los elefantes marinos y las focas son muy buenos nadadores!

Leyenda recogida en el libro 6 LEYENDAS DE AMÉRICA LATINA escrito por Margarita Mainé.

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